fotos Randy Reyes / Valle Chicama y Laredo
En medio de densas nubes de humo y temperaturas extremas, cientos de trabajadores migrantes procedentes de la sierra peruana realizan cada día el corte manual de caña de azúcar en los valles costeros de Chicama y Laredo, una actividad clave para la agroindustria del país, pero marcada por condiciones laborales exigentes y altos riesgos para la salud.

Las jornadas comienzan antes del amanecer. Armados con machetes, guantes y pañuelos improvisados para cubrir el rostro, los trabajadores ingresan a los campos previamente quemados para facilitar la cosecha. La quema, una práctica habitual en la región, elimina las hojas secas, pero convierte el entorno en un escenario hostil: el aire se vuelve irrespirable, la visibilidad disminuye y el calor se intensifica rápidamente.


“Respirar cuesta. El humo entra a los pulmones y no hay descanso”, dijo uno de los trabajadores, originario de la región Cajamarca, quien pidió no ser identificado. “Pero si no trabajamos, no comemos”.
La mayoría de los trabajadores proviene de zonas altoandinas afectadas por la pobreza, la escasez de empleo formal y la baja rentabilidad agrícola. Para ellos, la migración temporal hacia los campos azucareros representa una de las pocas alternativas para generar ingresos. Muchos recorren cientos de kilómetros para permanecer durante semanas o meses localidades cercanasa los cultivos.

El pago se realiza según la cantidad de caña cortada, un sistema que exige mantener un ritmo intenso durante toda la jornada. En promedio, los trabajadores permanecen entre ocho y doce horas bajo el sol, expuestos a temperaturas muy altas.
Las lesiones son frecuentes, quemaduras provocadas por brasas ocultas, deshidratación, insolación y problemas respiratorios forman parte de la rutina.
El sector azucarero es uno de los pilares de la agroindustria peruana y genera miles de empleos directos e indirectos. Sin embargo, gran parte del proceso productivo sigue dependiendo del trabajo manual, especialmente en zonas donde la mecanización es limitada.
Datos oficiales indican que la región La Libertad concentra una parte significativa de la producción nacional de azúcar, destinada tanto al mercado interno como a la exportación. No obstante, especialistas en derechos laborales advierten que la informalidad, la tercerización y la falta de fiscalización siguen siendo desafíos persistentes en el sector.
En los campos, la solidaridad entre trabajadores es clave para sobrellevar la dureza del entorno. Comparten agua, alimentos y medicamentos básicos durante breves pausas. En esos momentos, las conversaciones giran en torno a las familias que dejaron atrás, las deudas pendientes y la expectativa de ahorrar lo suficiente para regresar a sus comunidades.

Al caer la tarde, el humo comienza a disiparse y los campos quedan cubiertos de ceniza. Exhaustos, los trabajadores regresan a sus alojamientos temporales. Al día siguiente, la rutina se repite.
Para miles de migrantes internos, el corte de caña en el norte del Perú no es solo un empleo estacional, sino una estrategia de supervivencia en un contexto de desigualdad estructural. Su labor sostiene una industria clave, pero también expone las profundas brechas sociales que persisten en el país.
